La sexualidad humana empieza con el contacto físico de los bebés con los que les rodean: mamar, chupar, tocar, son algunas de las manifestaciones de la sexualidad en los primeros meses de vida del bebé. De esta forma se van construyendo los cimientos de la educación sexual y la futura personalidad del niño: ese contacto físico genera confianza, seguridad y tranquilidad, constituyendo la base de un desarrollo adecuado del carácter del sujeto.
Es evidente que el bebé no sabe identificar sus vivencias sexuales, pero ya puede sentir placer ante el tocamiento de sus órganos genitales. Es un proceso biológico: el cerebro interpreta como placer la estimulación de las zonas erógenas, ya que tiene terminaciones nerviosas al efecto. Es evidente que la actitud de los padres ante estas vivencias (rechazándolas o aceptándolas) sí pueden influir en la educación sexual del niño de forma negativa o positiva y en el desarrollo normal de su sexualidad.
Alrededor de los cuatro o cinco años aparece la curiosidad por su cuerpo. El bebé puede comenzar a jugar con sus genitales. Se comienzan con conductas claramente sexuales: “jugar a los médicos”, “frotamiento de los genitales con almohadas o juguetes”, etc. Pueden aparecer las primeras preguntas: ¿por qué no tengo yo lo que mi hermano”, ¿por qué tus pechos son tan grandes, mamá?, “de dónde vienen los niños”, etc.
Después de los seis años y en el contacto con otros niños y niñas, descubren el placer anal y aparecen los juegos orogenitales, imitación de posturas sexuales, etc.
Hacia los 9-10 años el niño ha tomado conciencia de que el sexo está relacionado con secretos y que no siempre se puede preguntar o decir lo que se piensa sobre ese tema. Se pueden iniciar las conductas masturbatorias como la antesala de la gran eclosión que supondrá la adolescencia.
Lo que no se debe hacer en educación sexual
En este largo y complejo proceso de la educación sexual y del desarrollo de la sexualidad los padres juegan un papel importante y por esto su actitud ante el niño influirá en un desarrollo adecuado de su sexualidad. He aquí las conductas que habría que evitar:
# 1.- Información engañosa
“Que los niños vienen de París” o “son traídos por la cigüeña” o “que te encontramos debajo de una col en el huerto” (es lo que se decía en mi pueblo toledano, con toda la carga de abandono que esa imagen proyecta), son ganas de distorsionar la verdad de forma tan grosera que difícilmente los padres conseguirán su confianza en otros temas. La información, pues, tiene que ser verdadera pero también gradual: no podemos hablar lo mismo a un niño de tres años que a otro de nueve o de doce. Pero adaptarse a la edad del niño no implica que le mintamos. La educación sexual es incompatible con la mentira o la distorsión.
# 2.- Negación de la información
En nuestra cultura el mecanismo de negación es posiblemente el que más se practica: “el que calla no peca”, se suele decir. Para ilustrar el mecanismo de negación y de sus consecuencias nefastas podemos recordar el cuento de La Bella Durmiente: tras el anuncio por parte de la bruja mala de que la princesa se pincharía con una aguja, el rey determinó no hablar y retirar todas las ruecas de palacio, pero esto fue lo que provocó que al no conocer el riesgo, la princesa se pinchara y se cumpliera el maleficio: se quedó dormida. A veces, en el terreno de la educación sexual ésta ha sido la norma: no decir nada para que no se contamine, pero lo que se consigue, en la mayoría de las veces, es que se informen por amigos o compañeros y de forma no muy adecuada. El temor se ha cumplido: vivencia anómala de la sexualidad.
# 3.- Sancionar toda conducta sexual
Por ejemplo, cuando el niño es pequeño no hay que ridiculizar los tocamientos de los genitales, sino explicarle como es preciso que ciertas conductas se hagan en privado y que aprendan que su cuerpo “es suyo” y por lo tanto deberá evitar que otras personas se aprovechen de él.
Una de las principales claves de una buena educación sexual es no unir sexualidad con “algo sucio” o “pecaminoso”. Y sobre todo hay que evitar transmitir la idea de que “el sexo es algo malo” y origen de enfermedades. Por esto, es un error transmitir, por ejemplo, que la masturbación provoca “que se seque el cerebro” o tiene el peligro de “volverse loco”.
# 4.- Lenguaje inadecuado
Los niños a partir de los 7 u 8 años suelen utilizar entre ellos términos coloquiales para referirse a los genitales, que en ocasiones están cargados de un gran sentimiento de culpa pues son consideras palabras “prohibidas” (=obscenas). Es conveniente que los padres y educadores utilicen los términos técnicos de vagina y pene, pero lo que no excluye es que ocasionalmente puedan utilizar el mismo lenguaje de los niños para transmitir un clima de serenidad y desculpabilizador.
# 5.- Crear un clima de desconfianza e inseguridad
El tabú sexual de nuestra cultura puede provocar que no se hable de sexo pero además que se transmita la convicción de que la sexualidad es “algo que nos puede hacer daño”. Pero no debemos olvidar que un desarrollo adecuado de la sexualidad es como la piedra angular de todo el edificio de la personalidad del individuo: seremos más sanos mentalmente en tanto en cuanto el desarrollo de la sexualidad sea adecuado.
Una sexualidad integral
La educación sexual es algo más que información fisiológica del aparato reproductor o medidas apropiadas para evitar un embarazo no deseado o contraer el sida. Estamos haciendo educación sexual, no solamente cuando hablamos de sexo, sino también cuando transmitimos valores y actitudes con nuestro comportamiento con el otro sexo.
Educamos sexualmente cuando enseñamos a reconocer nuestro propio cuerpo, valoramos las diferencias sexuales, transmitimos la importancia de respetar las diferencias o facilitamos la expresión de los sentimientos, a través de la palabra, pero también del tacto (abrazos, besos, etc.)
Los padres deberán aprender a transmitir, desde la autenticidad, una forma abierta y al mismo tiempo responsable de vivir la sexualidad, lo que no significa que manifiesten sus dudas y temores acerca de la práctica de la sexualidad de sus hijos.
Lo más adecuado será crear vínculos sanos con los niños donde todo se puede decir y expresar, incluso los miedos y temores respecto al mundo sexual.
Podemos concluir, pues, que educar la sexualidad es favorecer que el niño o la niña tengan una vivencia libre, sana, creativa y placentera de su cuerpo, de sus relaciones y de sus afectos.
De esta forma lograremos una sexualidad integral, donde lo que prime no sean los conocimientos sobre la vida sexual, imprescindibles evidentemente, sino que también se acompañe con un desarrollo armónico del individuo desde su tierna infancia, es decir, que haya podido sentir sin trabas, ni culpabilizaciones y donde la exteriorización de la emoción sea el centro de nuestras vidas.
No basta, pues, amar al niño sino también exteriorizarlo, tocándole, abrazándoles, besándole; no basta sentirse amado sino también comunicar nuestra gratitud por ese sentimiento a través de palabras, gestos y conductas.
ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA
Psiquiatra. Profesor en Centro de Humanización de la Salud. Exprofesor de Psicopatología en la Facultad de Psicología de la Universidad de Comillas
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¿Cómo ayudar a un joven de 16 años que tiene tendencias hacia la homosexualidad? No está claro si él puede luchar para superar eso. ¿Tiene la posibilidad de ser ayudado profesionalmente y poder ser normal según su sexo de nacimiento? ¿Puede la psicología ayudarlo a superar esta situación? ¿Es esto curable?
Estimada Elubia. Le agradecemos que haya tenido la confianza de preguntarnos por el tema que el preocupa. Desde nuestro punto de vista estrictamente profesional, la psicología no puede ayudar a ese chico de 16 años a «curarse» de la homosexualidad porque, para que eso fuera posible, la homosexualidad tendría que ser una enfermedad o un trastorno mental. Como esto no es el caso (la homosexualidad no es una enfermedad), no es posible curarla. Esto se lo decimos con el máximo respeto y solo como profesionales del cuidado de la salud mental.
Lo que sí puede hacer una buena terapia psicológica es ayudar a las personas a aceptar su orientación sexual cuando ésta entra en conflicto con sus propias creencias, con los prejuicios sociales o de personas de su entorno más cercano.